BLASCO BAZÁN VERA: POESÍA Y DOCENCIA O LECCIÓN POÉTICA DE UN MAESTRO

(Apreciación del EscritorMelanio Delgado Siccha al presentar el Poemario "ATADO A UNA ESTRELLA"

Con atinada venia a la selecta concurrencia, permitidme empuñar como escudo, el proloquio que en la Grecia legendaria legó a la inteligencia, el gran filósofo Sócrates: “sólo sé que nada sé”. Entonces al amparo de tan sesudo apotegma, surcar en un campo extraño para mí, pero demasiado fértil para los doctos y expertos que engalanan esta trascendental cita.

La vida, miscelánea de sucesos gratos, torbellino también de cáusticos avatares, pero sobre todo diáfana alberca de anhelos puros y caras esperanzas, cuando menos se espera solícita depara difíciles compromisos, que tienen carácter de inevitable aceptación. Uno de estos constituye para mí, el honroso privilegio de colocarme frente a Ustedes, en un acto de sobrios ribetes culturales, que requiere claro está, capacidad, facultades y dominio pertinentes, de los que obviamente, acusa carencia absoluta quién os habla.

Tal sucede conmigo: he de confesarlo con bullente humildad. Pues, me veo abrumado por el generoso encargo del ilustre Profesor, multifacético hombre de Letras, escritor, poeta y periodista Don BLASCO BAZÁN VERA, que extremando su afecto, me ha designado a fin de que diga algo, respecto a su flamante libro de poesía: “ATADO A UNA ESTRELLA. La sincera amistad que nos une, el respeto y aprecio que le prodigo desde el día que nos conocimos, en verdad ofician de poderosas razones e infranqueables muros, que me impiden rehuir tan delicada misión.

Ubicado en la butaca de simple lector, el ser humano cuya congénita prebenda, es la de considerarse amo de la creación, no debe marginar su atención a las manifestaciones de la belleza a través de la poesía; ésta es la más genuina expresión de aquélla, y tiene la virtud de entregar mediante la palabra: hechos, secuencias, motivaciones, sentimientos, afanes, experiencias y heterogéneas vivencias, que el poeta anida en su antro íntimo o subjetivo, percibe en el mundo eterno o edifica en su imaginación; todo lo cual trasmite tonel verbo, previa participación de los latidos de su corazón, la sibilina epanortosis de su alma y el supremo entono de su mente. Nace así la poesía y el poeta la coteja o estima como logro epinicio, aún cuando esté sesgada de pesares y quebrantos, frustración y desencanto, que auxiliado con personalísima lupa detecta en su cosmos bío-social.

En tanto la poesía refleje lo que piensa, ama, aspira y conmueve al poeta, éste se parapeta en ella convirtiéndola en su fortaleza inexpugnable, quien sabe en el prurito de evitar algún dolor desflorador de terceros. Porque el indagar y pretender saber la vida en su íntima dimensión, donde el conocimiento científico se detiene y no puede hurgar, significa tomar contacto directo y examinar un volcán en actividad, al cual el poeta, únicamente él puede controlar y dominar, pues allí mora, siente y actúa, es su mundo arcano, su propio hábitat facticio e intangible para los demás, quiénes apenas logran aproximarse, pero guardando la distancia conveniente y por él demarcada. Allí impera el vate, es el amo y señor en su volcánico predio. Con esta moderna metráfasis, intentamos dejar establecido, que el venero de su inspiración se sustenta con indeleble macicez en su personal praxis creativa. El crítico literario en su sabia función suele adoptar posición con esta limitación; su perspicaz y aguda labor ha de concretarse en la formalidad, contenido y otros factores de lo facturado por el aeda; más éste, no abdica de su condición de titular efectivo y fidedigno, del secreto o intención que incentivaron e hicieron posible su creatividad. Por haberla estructurado libre y voluntariamente, no se puede negar el derecho que le asiste al poeta, de mantenerse impertérrito en ese estrato que marca una fase fundamental en su existir.

En atención a lo precedente, procuremos acercarnos a la volcánica cantera en mención, aprovechando que la pírea erupción haya cesado un corto tiempo y el turbión que siempre la acompaña tome otra dirección, pero eso sí garantizando al poeta, que nada podrá menguar la potestad de administrar su patrimonio intelectual, es decir lo que es exclusivamente suyo, y por consiguiente merecedor del más acendrado respeto. No hay otra manera prudente ni modo honesto, que nos permita llegar al objetivo en referencia.

Empecemos por el título del poemario: “ATADO A UNA ESTRELLA”. ¿Qué sugiere desde el punto de vista poético, esta medular titulación?. No escapa al criterio y entender comunes, que “atado” significa estar liado, amarrado, mejor dicho tener un lazo de unión indeleble; ahora bien tratándose de una estrella, elemento sideral de lumbre eterna, no existe otra explicación sino la de que el poeta apunta con nitidez, a su personal situación de encontrarse unido a un destino, a una proyección, dentro de cuyos perímetros va a desenvolver su tracto poético. Destino por él diagramado y diseñado sin lugar a dudas, hacia la comprensión y valoración de actitudes vitales del ser humano, a fin de que éste adquiera conciencia de su importante rol sobre la faz de la Tierra, y lo determine a actuar en tal sentido, que ningún traspiés turbe su trayecto. El lenguaje poético, no está demás indicar, toma el vocablo “estrella” para aludir la impresionante magnitud que la distingue como cuerpo celeste, vista desde la corteza de Cibeles. Convencido de esta partida, el autor ya adelanta el novedoso enfoque que ha de imprimir a su versificación.

Es de advertir empero, y antes de ingresar al “corpus” poético, que para su cometido, el poeta se ve favorecido por una circunstancia muy especial. Su paso por diferentes lugares desplegando distintas ocupaciones profesionales, y el peso de los años vividos o brillante existencia colmada de preseas, destacando sus nueve libros editados, le conceden señera autoridad para la formulación de su mensaje. Maestro de larga trayectoria, dejando patente en las aulas firme vocación y radiante apostolado, ha tenido la oportunidad de forjar varias generaciones de educandos, contactar con el círculo de colegas y el núcleo de padres de familia, lo cual le ha permitido conocer muy de cerca la problemática afín.

Además se dan en él dos rasgos fundamentales: como docente y como poeta. La sensibilidad sintrófica en ambos casos resulta palmaria. El interés para afrontar y resolver asuntos atingentes, en cuanto a lo primero, igualmente le ha sido consuetudinario durante su desempeño magisterial. Relativo a lo segundo, en razón de que su intelectiva vióse impactada por lo que percibía tanto en su centro de trabajo, como en el entorno social, le procura imágenes que guarda listo, las hace suyas y las anida en la parte más susceptible de su ser. A todo esto habría que añadir su condición de hombre de bien y ciudadano recto, atento de “mutuo propio” a las vibraciones del alma popular, los justos anhelos de la colectividad, y lo que tiene mayor resonancia, a descubrir y detener ante negativos aspectos del comportamiento humano, sobre los cuáles con legítimo derecho hace hincapié a lo largo de su poemario; astrosas coyunturas que nos invita conceptuarlas como vendavales que encabritan y ponen en vilo expectativas nacidas de la esencia humana, o lo que es lo mismo son prerrogativas de raíz y floración natural de lo que podría llamarse vitelo de la especie, cuyo remotísimo antecesor es el “homo sapiens”. De otros lado y alienándonos en la tarea propuesta, se trata del segmento de la vida humana, escogido con mucho acierto y que sirve de sugerente punto de apoyo para la mediación poética de BLASCO BAZÁN VERA.

Y aquí es fácil entrever el meollo de su trajín poético, cifrado en manojo de diecisiete poemas, que glosan penosos, absurdos y extravagantes escollos que abundan en el mundo actual, así como avizorar la manera de morigerarlos o testarlos. Por eso convencido que la poesía además de agradar y deleitar, puede comulgar con fines docentes dirigidos a enrumbar la conducta diaria del hombre, el poemario “ATADO A UNA ESTRELLA”, deviene en un bouquet fragante de optimismo, esperanza y saludable calor, muy útiles y necesarios para la presente generación; es una lluvia espiritual, un viento fresco y una especie de jofaina de agua cristalina, que el vate se ha procurado y galantemente la ofrece, después de haber bebido la suya en la Aganipe, a la par de solazarse viendo que las Musas también lo hacen, y de resto le conceden misterioso hálito para su inspiración.

Estimulados por su ingeniosa y sutil preocupación, talvez urge preguntarse y responderse simultáneamente. ¿Qué notas saltantes caracterizan al mundo que vivimos?. ¿Cuáles son las palpitantes negaciones que se observan a menudo?. Sin ningún pergamino moralista, ni siquiera intención modelista, ni menos de inquisidor, transcribamos la deprecación que por doquier se escucha: La creciente inversión de la escala de valores, por obra de nuevos patrones de vida antes insospechados. La burla impune de los derechos naturales del ser humano, hasta ayer Código de taxativo acatamiento. El imperio del abuso y vejación como írritos medios para sojuzgar al indefenso y desamparado. La libertad acaso convertida en ilusoria facultad del hombre. La justicia, preciado derecho ancestral, ahora escamoteada y pasible de tasas por no decir precio. Los deberes jurados cumplir y las obligaciones asumidas legalmente, pronto asimilándose a la triste realidad de cosas muertas y fuera de moda. La audacia supliendo con mucho éxito a la idoneidad… En buena cuenta todo un panorama escalofriante, cargado de increíbles sucesos y escandalosos casos de corrupción y otros, en las esferas públicas; de apetencia delincuencial en quiénes jamás se pensó o imaginaría siquiera, hubiera sido incurrir en herejía. Desgracias, tragedias, conflictos fratricidas, disputas a nivel de potencias para mantener la hegemonía mundial, intervenciones armadas vulnerando abiertamente la soberanía de Estados, preferentemente pequeños o subdesarrollados; en fin una vorágine depredadora de la paz universal y del bienestar de los pueblos, de lo cual informan en diaria competencia los medios de comunicación masiva. Quien sabe este caótico mosaico, testimonia con pasmosa verosimilitud, la antesala que condujo a la desaparición de Sodoma y Gomorra, o de la finiquitación divina, cuando llegue el “día grande de la ira” del Supremo Hacedor, según la versión del evangelista San Juan inserta en la Biblia bajo el rubro de Apocalipsis. Los siete grupos de estrellas, espíritus, ángeles y libros lacrados; el Tribunal Celestial, la Corte de Ancianos, los jinetes espaciales y toda la gama de acontecimientos allí descritos, desde ya deben aterrorizar a los augures, présagos y lecománticos de todas las tiendas, al enterarse del definitivo crucial final del Universo, anunciado con esa plétora de espeluznantes signos.

Esta disgregación con cariz de diorama lexicológico, en modo alguno conduce a creer, que el poemario que nos ocupa y causante de reunión tan excelente por su calidad, inserta directa o tangencialmente algo relacionado; es de nuestra exclusiva responsabilidad haber deslizado tal avance; por ello nos apresuramos suplicar al poeta Blasco Bazán Vera y al culto auditorio, nos halaguen con su gentil indulgencia. Se puede compartir o no con ella; ya está dicha, no hay arrepentimiento de parte; y sigamos adelante.

BLASCO BAZÁN VERA, a través de su libro nos entrega un acicalado zarzo de emociones, que tienen mucho que ver con la vida diaria; determinación muy suya, que le permite prendado de lírica resonancia operar con lozana desbullación, los enclaves que encuentra el hombre en los caminos de la vida. Con maestría de conductor social señala y planta hitos, en sendas que conducen a metas superiores, compatibles a la condición humana; que son el norte para su cabal realización como ente viviente, y que por otro lado, la ley natural y los preceptos de la sociedad organizada, le reconocen y garantizan, como corresponde a un Estado de Derecho que se precia de civilizado.

Agradeciendo de antemano la preciosa atención que nos dispensan, acotemos en el orden decretado por el poeta, sus versos de notoria anáfora y concluyente solvencia que ratifica los conceptos hasta aquí vertidos, no por un crítico literario, sino por un lector común y corriente, en consecuencia lego y profano en ese habitual quehacer de otras personas.

“Solo sabes si tienes alma/ si es que alguna vez/ soltaron tus ojos/ lágrimas de verdad”. Llanto que puede ser de alegría motivada por “una buena nueva”, o por el dolor que causa una “honda decepción”; que reflejan “la protesta” avivan “el regocijo” al palpar “las cosas del mundo”. Más con filosófica postura prosigue diciendo: “No basta llorar”, porque esta actitud “no sana las heridas”, tampoco alarga “el momento de placeres”. A fin de cuentas argumenta que se llora de verdad, cuando se tiene alma. Así abre la puerta de su palacio de lírica ensoñación, y pletórico de amabilidad nos invita a su prodigioso recital.

Volteamos la página y en otro poema nos dice que la gloria, la plenitud y el triunfo, se consiguen a base de intención, “espíritu firme”, y estando “atado a una estrella”; pero además saliendo a batallar con la sonrisa en los labios; entonces abismos, rivales y cantos de sirena, no podrán detener el arrogante paso hacia la “superación”. Su afirmación encuadra en un dogma de positiva catadura, en tal sentido su observancia es insoslayable, para la persona que desea llegar a esas metas.

Continuando con su docencia coloquial, aconseja nunca apagar “la luz de la esperanza”, ni de dejarse vencer por la “intriga” y la “calumnia”, ante las cuáles debe tomarse una actitud “firme” y severa; añade “que las penas y alegrías de la vida/ se disipan al usar nuestra razón”. Solo así habrá el convencimiento de ser hombre, que ha logrado “entender/ el espinoso mundo/ de la humanidad”, donde proliferan las penas del alma.

Guareciéndose con devota contrición, en las sagradas escrituras, retrotrae escenas fulgurantes de nuestro credo, y aconseja insumido en patriarcal ternura, sobreponerse al pecado de Adán, la negación de Pedro, la traición de Judas. Estos estigmas del hombre, tomados como constante de su debilidad en todo tiempo, no deben asustar, pues el “Conocimiento”, vale decir el saber, ilumina el “porvenir”; y como exclamando desde su púlpito de poeta, proclama que el ser humano tiene capacidad para “transformar el mundo”. Corolario de envergadura espiritual y tácita consolación que absuelve cualquier “mea culpa”.

Luego sin salir de la línea que se ha trazado, expresa su dicha ante la “palabra que brota diáfana y tierna”, sin nada que la perturbe, ni gritos que la profanen; la que expuesta con bondad entrañará esperanza cierta; abundando en calificación de la misma, no escatima al conceptuar que cuando el hombre la arropa de amor, ingresará al “reyno de la integridad”. Así avanza el poeta y adopta el puesto académico de maestro ejemplar, acreditando con creces que la poesía dispone de un formidable pilar y una substancial dosis para la docencia.

Piensa que la vida ofrece el “pináculo de la gloria”, al que se asciende con paciencia, sin apuros y tomando “el suficiente aliento”. Trae a colación el instintivo desplazamiento del caracol, que “sube y baja las distancias” de modo “paulatino y sosegado”, se detiene y enseguida “renueva su andar”. Cierra este poema con un sabio consejo: el secreto del triunfo de la vida, estriba en “saber caminar”, sin desesperación y ataviado de paciencia racional, sin apuro desmedido, con una bien utilizada seguridad al transitar.

Se queja también, cuando el hombre es blanco de una mirada “lanzada por ojos torvos y ladinos”, porque ésta provoca aceleradas palpitaciones del corazón y de suyo intensidad de circulación del torrente sanguíneo, generando un agrandamiento de la pena. Sostiene además, que “la mirada hipócrita/ hiere tanto como una traición”, vejamen al que son proclives los mensajeros “de la adulación y el mal”; advertencia que igualmente, el poeta la advierte, demostrando su aguda observación de todo cuanto verifica en el teatro de la vida.

Su ternura adquiere un candor suplicante, en el Poema VII, cuando le pide al Señor “volver a ser niño”, para así poder decirle a la vida, que los azotes de su ira no mellaron su hombría; informarle al Divino Hacedor, que su fe, integridad, bondad, paciencia, amistad y otras cualidades de “hombre bueno” siempre radiaron en su camino. Realizada o mejor dicho concedida su clamorosa conversión, se llena de dicha, porque manifiesta encontrarse en condiciones de “convertir los negros/ lados malos de la vida/ en manantiales blancos de felicidad”. Se trata aquí de la ponderación sutil, acaso arrebozada de estoico pragmatismo, con la cual el poeta reivindica su edad infantil, a la que todos los hombres debemos acudir por lo menos en remembranza, a fin de quemar cardos y separar abrojos que no faltan en este “valle de lágrimas”, o “Mundo ancho y ajeno” en frase feliz de Ciro Alegría, o al que repulsó con tierno reclamo César Vallejo, renegando por qué le trajeron sin que él lo haya solicitado. Fatal e inmemorial cultivo aquél aún no extirpado en el Planeta.

Luego viene la paradoja que se perfila en todo idealista, cuando afirma que es muy “fácil pensar”, pero “cuan difícil es expresarlo”. Afirma que la idea se materializa en la voluntad, para luchar y vencer, retando a toda clase de peligros; sin embargo de no tomarse las debidas precauciones, se puede sucumbir “en el inmenso arcano del frágil pensar”. El fin que se propone el poeta, se robustece por la lógica de este desjunte bipolar, que dígase en buen romance se adentra en la vera deontológico.

El Poema X constituye un canto a la verdad y el ejercicio de la consecuencia en el cumplimiento del deber. Alaba a la rectitud y desdeña a la falsedad; ejemplariza al capitán que permanece firme al timón del barco, pese al tremante y furibundo oleaje en medio de la tormenta; así el hombre recto jamás será doblegado “por los espantos de la vida”, y en su tránsito cuerdo nada podrá la “ignominia”, pues está dotado de un arma poderosa, cual es la verdad. En esta poesía fulgura otra realista conceptuación, que el poeta nos alcanza con estricto dominio de la Ontología.

Su lirismo se patentiza y reluce simbólicamente en el Poema XI. Imagina regresar de un mundo cargado de tinieblas, plagado de infortunio, desencantos y trances compatibles que oficiosamente regala la vida. Pero al tornar al sitio por él añorado, encuentra en su “lámpara encendida”, que por ser la mujer que comparte sus sueños e ilusiones, presta lo recibe y acoge en su regazo, prodigándole tiernas caricias, informándole a la vez de su desesperación ante su larga ausencia; entonces el personaje que retorna, rebosante de alegría y felicidad le abruma de besos, hasta quedarse dormido como un niño. Esta poesía de rango maternal y honda crepitación hogareña, a nuestro modesto juicio, habla muy claro de la sensibilidad que adorna y prevalece nítidamente en el poemario. Huelga acotar que dicha inspiración, aún cuando no lleve identificación expresa, está dirigida de manera especial a la esposa del poeta: fiel compañera, jovial personaje y cariñoso ser que le ofrenda comprensiva adhesión humana y filiación espiritual, que a diario asiste y reconforta anímicamente al poeta, y éste le corresponde con enternecedora hidalguía. Nos agrada ubicar a este poema en escogido sitial antológico, porque se trata de un madrigal de solvente factura y cautivante ternura.

Su tendencia a valorar la inmortalidad del alma, aflora con filosófica cobertura a través del Poema XII. Aquí presenta la figuración de un ser, a quién según su expresión “le habían hecho añicos la materia”, pero su alma quedó incólume; el poeta lo hace retornar y posar ante la vista de sus verdugos, quiénes alimentados de odio, prometen aniquilarlo otra vez, pero para sorpresa suya, la posible nueva víctima exhibe la aureola de la paz, provocando la ofuscación de aquéllos, dándose cuenta de su deshonrosa actitud, al recibir en propia cara de parte de ese ente inmortal, el más dulce perdón, demostrando así que ha olvidado agravios y afrentas recibidas inocentemente. Parece que esta inspiración tiene un “leve motive” político, actividad cívica del hombre, donde muchas veces se producen escenas de renegación e ingratitud, eventualidades que el vate denomina “añicos”, cuya manifestación metafórica, se concatena de modo exegesista con la nobleza del subsiguiente y castísimo perdón.

Su amor y esplendente apego al paisaje, lo llevan a ubicarse frente al mar, ese majestuoso espacio donde reyna la tranquilidad, porque las aves en vuelo, los peces que andan en impresionante sincronización, informan de la paz allí existente. El poeta se maravilla de lo que percibe, pues con mente sosegada, ojos lozanos y formidable vocación lírica, concluye aferrándose a la subyugante “inmensidad del mar”. Aquí otro blasón que pone calidad y otorga distinción al poemario del cual nos venimos ocupando.

Más, persistente en la formal anotación acerca de los agravios que atribulan al hombre, sumiéndole en desgano, impotencia, desesperación e insinuándole solucionar este tráfago tenaceante de embates mil, emprendiendo la huída; antepone a ésta, la presencia de la compañera, cuya ternura es garantía de bonanza y seguridad; acallando el ciclón, conseguida la apacibilidad del ambiente, el hombre que no es otro sinó el poeta, observa “la foto de sus padres”, abre la Biblia libro de su dilección, testa cualquier indicio de desolación, recobra energías y “se lanza a conquistar el mundo”, esto es cumplir con el rol ecuménico de Dios y la sociedad le han asignado. De nuevo la frase optimista cunde y pone término a ese torrente de malestar, que puso a prueba al hombre de un momento de su vida y del que debe salir airoso.

Otra vibrante pausa secuencial de su encomiable entrega literaria, contiene el Poema XV. De nuevo los sinsabores mundanos atentan contra el ser humano; sus enemigos pretenden mancharlo por el cieno y victimarlo con certera arma; no consiguen su propósito porque el HOMBRE con mayúsculas, tiene características de diamante y brillo que rechazan todas las sombras del mal. Colofones la poesía con la emotiva comparación del vuelo de “blancas palomas”, trazando el destino humano, iluminado por rayos de un radiante Sol, que no son otra cosa sinó los nobles ideales y sanas aspiraciones. En efecto solo estos superiores propósitos, peden dar hermosa fisonomía al hombre, empeñado en obrar con equidad y benevolencia durante el decurso de su existencia.

Reiterando su preocupación por la vivencia tranquila, normal y fructífera del ser humano, singular combés donde descolla su fresco lirismo, estucando con fineza gótica, de nuevo su señorial pedagogía consejos, conocimientos axiomáticos, fáciles no sólo de entender sinó también de aplicar, y que conllevan a gozar la vida con permanente alegría. Tangibiliza en su arquitectónico andamio de genial alarife, mediante palabras entrelazadas bellamente, un espléndido edificio donde prima con excepcional logro, su encomiable cometido, que resulta muy útil en esta álgida etapa acosada por negros nubarrones, abismales cauces en desoladas comarcas. Ha de ser como empeñado en alcanzar la victoria, a base de esfuerzo, sacrificio, preparación, aptitud y conciencia de su propia valía.

Por fin llegamos al cierre con broche de oro, burilando al máximo, a lo que podríamos calificar el plenilunio en el poetizar de nuestro vate. En efecto, el Poema XVII traduce el instante más lúcido y solemne de este conjunto lírico. El poeta se manifiesta pleno de amor, ternura y reconocimiento a su esposa, simbolizándola como la Musa que le reportó significativo apoyo, para relegar la umbrosa noche de tedio, desesperación y amargura, que sin lograrlo pretendía nublar su camino de hombre. A ella vuelve con emotiva gratitud, porque su luz de “eterna lámpara encendida” ha disuelto en gran forma, las espesas sombras de su itinerario, que lo abatieron hasta caer sobre su escudo; se enternece al confesar que la amorosa prestación de ayuda, ha sido necesaria “más que nunca”. De tan evocativa exégesis se infiere, que la suma felicidad, sublime entrega y amorosa comprensión, agencian de gozo mutuo e imperecedero a la pareja conyugal. La damisela la damisela que comparte con él la existencia, participa de sus preocupaciones y desvelos cotidianos; cual clásica Dulcinea amorosamente pone el visto bueno a la misión que ha programado el consorte; actitud y conducta que merecen consagratoria mención, y así lo hace el poeta, en un singular y escogido lugar de su poemario.

Dignísimos escuchas, he aquí todo cuanto podemos decir, tras la atenta lectura del poemario “ATADO A UNA ESTRELLA”, que esta noche inolvidable enfila con pie derecho, como valioso aporte a la Literatura Regional; condensando originales atisbos y virginales asomos de una poesía didáctica, porque en verdad los sentimientos del poeta, se aglutinan metodológicamente con su bagaje cognoscitivo. Modesta apreciación nuestra, que ojala el mañana luminoso, tenga la gentileza de revalorar.

Imploro a la docta concurrencia, me perdone por haber dilatado más de lo prudencial su incomodidad, quizá con yerros y desaciertos, pero os garantizo, que esta elaboración, propia de juglar primerizo, a quién se le compromete dar una romanza, sólo dispone de un pequeño mérito: su honestidad.

Y a Usted mi estimado poeta BLASCO BAZÁN VERA, ofrendo el testimonio de la congratulación más sincera de la Casa del Poeta Peruano, Sede Central Trujillo, creada por Ley Nº 24616 de fecha 22 de Diciembre de 0986; entidad que en cumplimiento de sus metas trazadas, inicia así la presentación pública de quiénes como Usted, ferviente enamorado de la belleza, tienen la honra de entregarla al pueblo a través de la poesía. En el caso suyo hay contornos pedagógicos que conviene relevar. Su poemario “ATADO A UNA ESTRELLA”, retrata de cuerpo entero al profesor, que con dedicación, sapiencia y esmero prepara la lección, la misma que llevará a impartir a sus discípulos en el aula escolar, más usted ahora desde el pupitre poético, la discierne en el aula de la vida.

Muchas gracias, Melanio Delgado Siccha, SECRETARIO GENERAL CASA DEL POETA PERUANO, SEDE CENTRAL, TRUJILLO, PERU.

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